¡¡Que vienen los rusos!!

¡¡Que vienen los rusos!!

Momento mítico en la historia del cine: El Major Kong subido a la bomba atómica y gritando como un cowboy en un rodeo. O lo que es lo mismo: la paranoia nuclear de occidente convertida en un plano tragicómico. Inolvidable.

Hace más de medio siglo que Stanley Kubrick rodó su sátira sobre la guerra fría “Teléfono rojo, volamos hacia Moscú” y aunque el mundo ha cambiado mucho desde entonces en algunos aspectos la película recupera su vigencia con los acontecimientos históricos recientes. Por lo visto, el Ángel Exterminador sigue viniendo del Este. O eso es lo que preferimos pensar.

Los rusos vuelen a ser  el chivo expiatorio de nuestros fracasos como sociedad cuando les atribuimos un poder muy superior al que probablemente tienen. Ahora se dice que manipulan la opinión pública con sus noticias falsas, pero al fin y al cabo, la opinión pública somos nosotros, y, por tanto, nuestra es la responsabilidad de lo que se haga y diga en su nombre. Una cosa es que lo intenten y otra que lo consigan (igual que sucede con la publicidad y el marketing).

Esta nueva amenaza de la que todo el mundo habla no es como la de los tiempos del doctor Strangelove. Por entonces una bota militar nos podía aplastar como a una hormiga, pero ahora estamos “empoderados”; o, sea que la que es atómica es la hormiga. ¿No es eso –o algo parecido- lo que nos dicen todos los días los entusiastas de las nuevas tecnologías?

En aquellos tiempos, poco podía hacer un modesto ciudadano occidental para defenderse de la onda expansiva de un misil, aunque cuentan que algunos se gastaron los ahorros en construir un refugio nuclear en el sótano de su casa. En cambio, si se trata de protegerse de un aluvión de noticias falsas difundidas por las redes sociales –que poco más que eso es lo que hacen los famosos hackers rusos- sí hay muchas barreras intelectuales que cada uno de nosotros puede levantar contra ellas, y sin necesidad de hacer obras en casa o pedir créditos al banco. Un buen principio consiste en tomar conciencia de que no es cierto todo lo que se publica en Internet. O sea, que hay que elegir bien las fuentes y aprender a leer los nuevos medios con criterio discriminador. Se llama curación de contenidos y es el equivalente actual al refugio nuclear de los 60. Protege de los malvados rusos y además es mucho más sencillo y menos costoso.

Por otra parte, estas noticias sobre la injerencia rusa en la opinión pública occidental coinciden con la revelación de que Facebook estudia las debilidades psicológicas de sus usuarios para ponerlas al servicio de sus clientes publicitarios. Hay quien no viene del Este y también quiere entrar en nuestro cerebro, y además es una empresa privada y tiene acceso a nuestra huella digital. ¿A quién hay que tener más miedo? ¿a los rusos?

La versión siglo XXI de esta vieja paranoia empezó con la victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos en 2016. Costó mucho aceptar que la sociedad del país con la democracia más antigua del mundo había enfermado de nacionalismo, racismo y xenofobia hasta el extremo de elegir a un peligroso demagogo como presidente, así que para no hacer frente a sus responsabilidades como miembros de una comunidad de ciudadanos algunos decidieron –empezando, por supuesto, por los propios norteamericanos-, recurrir a un viejo estribillo: “la culpa es de ellos, de los rusos”; porque escriben noticias falsas y las difunden por la red, y porque piratean el buzón electrónico de Clinton.

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Ahora descubrimos que el movimiento independentista catalán se ha beneficiado también de la corriente de mentiras que vienen del Este; y vuelve el chivo expiatorio ruso. Según esta teoría, los independentistas, en su afán por internacionalizar el conflicto, han conseguido que los bulos y tergiversaciones sobre esta cuestión política convenzan a muchos creadores de opinión de las redes, lo que supuestamente inclinaría la balanza hacia la intervención internacional en el conflicto. Está por ver que así haya sido, aunque es cierto que ya hay notables influencers que se han manifestado a favor de la independencia de Cataluña, como por ejemplo Pamela Anderson. ¡Qué peligro! ¡Sálvese quien pueda! ¡Todos al refugio!

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