Mahou se hace un Pepsi

El día que los cómicos pierdan el sentido del humor la guerra contra la cultura tendrá un ganador, y no serán precisamente ellos. La ola de indignación que ha desatado el anuncio “El Acuerdo” de Mahou ha servido, entre otras cosas, para comprobar que los músicos de este país están al borde de esa derrota moral. En circunstancias más dignas, se lo podrían haber tomado a coña, pero no está para bromas el panorama cultural en este país. Por lo visto –o mejor dicho, por lo leído en la Red- la situación es tan grave que ya no quedan ganas ni de reírse de ella.

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El anuncio forma parte de una campaña en la que se han rodado otros relatos que desafían nuestra capacidad para la suspensión voluntaria de la incredulidad, como aquel titulado “el sabor en mi piel”, en el que un grupo de amigos se reúne para comentar que se han tatuado un botellín de Mahou por motivos sentimentales (y no porque hayan convertido su epidermis en un soporte publicitario). La campaña podría haber explotado por ahí –méritos no le faltaban para ser carne de memes y otras chanzas- pero la mina que ha pisado Mahou estaba en otro de los spots, el de los músicos; los castigados y humillados músicos de esta España que tanto desprecia la música, y no solo desde las instituciones.

A los profesionales no les ha hecho mucha gracia que se cuente un cuento en el que una banda de rock cobra sus actuaciones en botellines y lo han expresado de diversas maneras –ninguna amable- en las redes. La protesta ha tenido su eco entre personas ajenas a la industria musical que se han “solidarizado” con los artistas y se han sumado a la petición para que Mahou retire el spot. Sería interesante saber cuántos de esos melómanos ciber-indignados se dedican en sus ratos de ocio a piratear música y otras manifestaciones artísticas protegidas por la propiedad intelectual, pero va a ser difícil que alguien haga esa investigación.

El spot ya ha sido retirado, Mahou ingresa en el club del fiasco presidido por Pepsi y, por desgracia, la situación de los músicos en España no es ni mejor ni peor que antes de que se lanzara la campaña. La vida sigue y los problemas de la cultura también. El verdadero daño a la música, al menos el que más duele, no lo hace Mahou con su inofensivo spot sino toda esa cantidad de gente que no está dispuesta a pagar a quien compone, graba y difunde una canción porque prefiere robarla. No hay muchos hashtags sobre el tema, y si se trata de defender a los artistas son mucho más necesarios. Ni los propios afectados se atreven a hablar del tema para no ofender a su público. Otra cosa es que los siempre-cabreados internautas se sumaran a la conversación con el mismo entusiasmo inquisidor que cuando se trata de criticar una campaña publicitaria, aunque sea la de una marca que patrocina festivales de música; es decir, que los hace posibles.

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Como dijo Machado: solo un necio confunde valor y precio; y el precio de la música está muy por debajo de su valor. Para creerse que alguien se tatúa una lengua de los Stones en la piel no hay que hacer un gran esfuerzo de suspensión voluntaria de la incredulidad porque la música sí tiene un valor sentimental incalculable que lleva a locuras mucho mayores. Aunque haya quien no quiera pagar por ella ni un botellín de Mahou.

 

 

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