¿Libertad, para qué?

¿Libertad, para qué?

Es fácil reírse de un norcoreano alienado por el culto a la personalidad del líder supremo. Para eso basta un cuñado, un tertuliano o un meme; pero cuando se trata de ridiculizar a un occidental enajenado por el consumismo, la obsesión por las apariencias o el fanatismo religioso, que son algunos de los lavados de cerebro a los que estamos expuestos los que tenemos la suerte de no vivir en Corea del Norte, la risa puede convertirse en mueca macabra a poco que nos descuidemos. Es entonces cuando el tertuliano, el cuñado o el anónimo autor de memes se defenderá de las provocaciones con frases como “Este es un país libre y si no te gusta vete a Corea del Norte”, el título de la última obra de Ínigo Guardamino, estrenada en Nave 73, Madrid.

Una obra que se titula con la crítica que espera recibir de sus enemigos ya empieza bien.

Rodrigo Sáenz de Heredia, Natalia Díaz y Sara Moraleda se multiplican en escena para representar magistralmente una galería de personajes que lo intentan, pero no consiguen ni de lejos superar la fuerza de las circunstancias. La comedia humana nunca ha sido más amarga. Todos los rituales con los que los humanos señalamos las distintas etapas de la vida –una primera comunión para celebrar el final de la infancia, una boda para consagrar el mito del amor y la procreación o un entierro para despedir una vida- se nos muestran deformados por imposiciones sociales que amargan a los personajes y les convierten en trágicos juguetes del destino o en canallas despreciables.

CARTEL-COREA

El mérito de Guardamino consiste en conseguir que al final te preguntes si estos tipos son más libres que esos norcoreanos que componen mosaicos gigantes con la cara de un tirano en ridículos desfiles patrióticos. La pregunta puede ser bastante dolorosa porque esos seres perdidos que no acaban de ser felices en “este país libre” somos nosotros mismos. A veces el teatro está para eso, para que en lugar de defenderte de la angustia existencial con frases de cuñado, tengas la valentía de asomarte al abismo al menos por un rato. Si en occidente somos más libres que en Corea del Norte es porque todavía es posible que en una sala de teatro de una capital europea se represente una obra que cuestiona la manera de vivir de los espectadores. Es algo que no se podría hacer en Pyonyang. Si te importa esta diferencia, ya tienes un motivo para verla. No solo estarás ejerciendo tu libertad de pensamiento; además, te vas a reír.

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