Esta lotería no es cuestión de suerte

Esta lotería no es cuestión de suerte

“Había una vez una aldea de Asturias en la que una señora mayor que veía la televisión se creyó que había ganado el Gordo de la Lotería…” Así empieza este año el cuento del Sorteo Extraordinario de Navidad. Luego vienen imágenes entrañables de los paisanos del pueblo fingiendo que todo es verdad y no una lamentable confusión. Al final, la señora -que es muy buena porque esto es un cuento-, le regala a su hijo el décimo que ella cree premiado. Y todos lloran, pero no de pena sino de emoción por lo bonita que es la vida. El cuento no dice más, porque lo que pasa en el pueblo al día siguiente, o cuando sea que le dicen la verdad a la señora, -tal vez esa misma tarde-, ya no es tan adorable. Es más bien algo parecido a lo que tenemos que vivir casi a diario los espectadores en nuestras vidas duras, difíciles y llenas de desengaños, que por eso a algunos nos gustan tanto los cuentos.

Viendo esta película el espectador puede elegir disfrutarla haciendo suspensión de su incredulidad, que es lo que hacen los niños cuando escuchan un cuento, o ponerse a analizarla como un adulto racional y maduro, sacarle todas las incoherencias,  hacer lecturas psicosociales y presudomarxistas sobre el guión o establecer paralelismos sarcásticos con la situación política actual. Está claro que el espectador que elija el primer camino va a disfrutar mucho más, pero cada cual es libre de amargarse la vida como quiera; esa lotería nos es cuestión de suerte, sino de voluntad. La avalancha de críticas que ha inundado las redes demuestra que hay mucha gente que por lo visto no quiere el premio de emocionarse con una ficción que idealiza la vida por unos segundos.

Son los que han elegido el segundo camino: el de someter el cuento al rigor del realismo. Y claro, el vehículo emocional se les ha descarrilado, que es lo que le pasaría también a todos los cuentos de Navidad si los sometiéramos a la misma prueba, incluido por supuesto el más famoso de todos, el de Dickens ¿O acaso se merece el malvado Mr.Scrooge la segunda oportunidad que le dan los fantasmas? Los mismos que critican el anuncio de la lotería dirían que no, que la redención está pasada de moda, y que #deathtoMrScrooge (¿aún hay alguien que no ha visto el episodio de las abejas asesinas de Black Mirror?).

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Es el signo de los tiempos, y las redes sociales están contribuyendo a exacerbarlo: criticarlo todo, sin piedad y sin mesura. A saco. Leña al mono hasta que hable inglés. Lo malo es cuando este comportamiento se convierte en un hábito adictivo que traspasa los límites de las redes sociales o las cenas de navidad con el cuñado para invadir todos los órdenes de la vida. El mal rollo se nos está yendo de las manos. Así somos en occidente, cuando estamos llenos de odio no nos inmolamos detonando un cinturón de explosivos. En lugar de terrorista-bomba preferimos ser votante-bomba. Pero el resultado es parecido: el primero que muere es el que pulsa el detonador. Estamos a punto de despedir el año del odio. Ganó el Bréxit, ganó el No en Colombia y ahora ha ganado Trump. En todos los casos es el voto del odio y la destrucción “aunque me lleve por delante”. Como dijo Michael Moore, el excluido quiere sentir que tiene poder para destruir, como los emperadores. Aunque siempre hay diferencias. Nerón vio arder Roma desde el balcón de su palacio, pero estos nerones se van a quemar en el fuego de su propio incendio.

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Por azares de la vida, la campaña de la Lotería se ha lanzado cuando todavía no nos hemos recuperado del mazazo que supone el resultado de las elecciones en EE.UU. Trump, el gran criticón, el odiador in chief, el tipo de persona que desde el primer momento le diría a su madre que se ha confundido de día, que el sorteo es mañana. Aunque, bien pensado, no es probable que su madre compre Lotería ¿para qué?

Mr.Scrooge ya no es el malo del cuento, es el presidente. ¿Cómo ha podido suceder? Se pregunta todo el mundo. Pues entre otras cosas, y paradójicamente, gracias al poder subyugante de las ficciones. Ése que tanto se critica cuando es la publicidad quien lo pone a favor de una marca.  Trump ha contado a los americanos un cuento aún más imposible que el de Dickens o el anuncio de la Lotería; y le han creído. Es el cuento del regreso de una América que no volverá nunca porque el mundo ha cambiado para siempre. No hay mayor engaño que desear que vuelva el pasado. El pasado solo vuelve en cuentos como “Canción de Navidad”, y lo hace en forma de fantasma. El fantasma de las navidades pasadas. Qué bonito sería que la vida se pareciera un poco más a los cuentos de Navidad. Por eso a los soñadores nos gusta tanto la ficción.

 

 

 

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