Yo también quiero comerme mis complejos

Yo también quiero comerme mis complejos

La mejor versión del anuncio de Pavo Frío “Deliciosa calma” nunca se emitirá en un bloque publicitario. Dura más de dos minutos y el coste de planificación de una pieza tan larga sería disparatado. Sin embargo, en el momento de escribirse estas líneas ya tiene más de un millón setecientas mil visualizaciones en YouTube, y la cifra ha quedado superada nada más leerla.

Son las paradojas de la nueva era publicitaria: el anuncio de televisión del que todo el mundo habla no se está viendo en televisión; si por televisión entendemos lo que siempre hemos entendido. Todo ha cambiado, y como la televisión ya no es lo que era, la publicidad tampoco. Campofrío y su agencia de publicidad, McCann, no solo lo han entendido sino que además lo han aprovechado. A cambio de ahorrarse el coste de planificar la versión larga de su excelente película comercial han aceptado pagar el precio de exhibir el mensaje en un espacio más democrático, en el que la audiencia tiene la oportunidad de responder con toda la libertad crítica que se le antoje. Cualquiera que escriba “deliciosa calma” en el buscador de YouTube comprobará que en el mismo directorio que aparece la publicidad de Pavo Frío se le ofrecen otros vídeos en los que se parodia el anuncio, cuando no se critica o cuestiona.

Es parte de la propuesta. Campofrío es como las mujeres de su propio anuncio: no tiene miedo a la mirada de los otros; aspira a ser “un nuevo modelo de anunciante”. Aceptar el debate es parte del mérito de esta campaña. Si los estrategas de marca han decidido utilizar un insight tan controvertido como la necesidad de liberarse de las presiones y servidumbres culturales a la que están sometidas las mujeres, es inevitable que haya quien discrepe del planteamiento, sobre todo si detrás de todo esto hay un producto que, no nos engañemos, tiene entre sus ventajas comparativas que “no engorda”; o sea, que sirve para cumplir con una de las más crueles exigencias sociales que parecen denunciarse en el spot.

Siendo esta la más evidente, no es ni mucho menos la única contradicción expuesta en esta campaña. A veces la necesidad de reafirmarse no es más que la exhibición pública de una debilidad. “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, dice un famoso refrán. En este caso se presume de una asertividad y autoestima de la que se carece. Y muchas de las mujeres que han compartido el vídeo en sus perfiles de las redes sociales tal vez han hecho esa confesión pública, no se sabe si conscientemente. El restaurante de Pavo Frío no existe, es una ficción. Lo que sí existe es la necesidad que tenemos todos de comernos nuestros complejos. Si de verdad los tuviéramos superados no tendríamos necesidad de fantasear con lugares en los que somos más fuertes de lo que en realidad somos, ni ninguna marca nos proporcionaría dos minutos de ficción para satisfacer ficticia y brevemente ese deseo a cambio de un recuerdo de marca que puede convertirse en una decisión de consumo. Es nuestra propia vulnerabilidad la que ha creado esta campaña, no solo la de las mujeres. Por cierto, ¿para cuándo una versión masculina de “Deliciosa calma”? no me sorprendería verla pronto en YouTube. Complejos no faltan.

 

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