Lo que diga la gente

Lo que diga la gente

Esta es la historia de Tay, un simpático chatbot creado por Microsoft para que aprendiera a hablar en las redes sociales leyendo los mensajes de “la gente”; concretamente en Twitter, Kik y GroupMe, es decir, entre millennials. Se presentó como un experimento para demostrar las maravillas de la A.I (inteligencia artificial, en inglés) en el campo de la pedagogía y las relaciones sociales.

Tay nació el 23 de Marzo de 2016. Sus padres estaban orgullosos de él; al menos hasta que Tay empezó a hablar. No habían pasado aún 24 horas cuando aquellos padres -antes orgullosos y ahora avergonzados- decidieron ponerle la mordaza a su engendro. Las cosas no estaban saliendo como ellos habían planeado. Tay hacía comentarios racistas, antisemitas, xenófobos y machistas. O sea, que Tay, el chabot que aprendió a “hablar como la gente”, era un cabrón neonazi.

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Algunos ingenuos dicen que el experimento fracasó, pero no es cierto. El experimento funcionó perfectamente. Fue el resultado lo que no nos gustó. Si en toda esta historia hay un fracaso, no es el de Tay, sino el de sus educadores; o sea, el de “la gente”. Amordazar a Tay es como poner contra la pared un espejo porque no nos gusta la imagen de nosotros que ha reflejado. Mejor nos iría si intentáramos cambiar el reflejo, pero no es esa la reacción habitual en casos como estos. Lo sabemos porque Tay tiene hermanos mayores con los que convivimos a diario. Uno de ellos es la televisión basura, siempre justificada por sus productores como “la televisión que demanda la gente”; y otro es el populismo político, que dice elaborar sus programas con los deseos reales del pueblo, lo que se traduce en proponer barbaridades como el muro que Donald Trump quiere construir en la frontera mexicana o medidas impracticables cuya formulación suena a música para los que odian la realidad.

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El discurso de la democracia real, el empoderamiento del pueblo y la oferta que obedece a la demanda es muy seductor, pero tiene un reverso oscuro que se manifiesta en experimentos como el de Microsoft.

Con esto de la crisis, a algunos se les ha quedado pequeño el modelo en el que los partidos “ofrecen” un programa electoral y el votante elige con su libertad y su derecho al voto el que más le convence o satisface su “demanda”. Aunque sea un sistema imperfecto –que por cierto no nació como realización de un deseo del pueblo sino que fue elaborado por intelectuales, filósofos y pensadores ilustrados pensando en ese pueblo- por lo menos está protegido contra la demagogia, porque si no se cumple lo que se prometió, el votante siempre puede hacer lo mismo que el consumidor en el mercado. Es decir, cambiar de marca. Este privilegio -del que por desgracia no disfrutan la mayoría de los habitantes del planeta Tierra- tiene muy cabreados a muchos de sus beneficiarios, que han llegado a decir que viven en una “dictadura encubierta” porque los partidos no hacen lo que la gente les pide (por lo visto ya no basta con que hagan lo que prometen que pueden hacer).

Según ellos, eso no es democracia y hablan de que hay que “mandar obedeciendo”. ¿Obedeciendo a quién? ¿a los que enseñaron a hablar a Tay?

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