Lo escandaloso es vestirse

Lo escandaloso es vestirse

Muchos años después, me encontré con Breton en una calle de París y durante unos minutos rememoramos los viejos tiempos de los surrealistas. Al despedirnos me dijo con lágrimas en los ojos: “Luis, el escándalo ha muerto”.

Esto o algo parecido recuerdo haber leído en el libro de memorias de Luis Buñuel “Mi último suspiro”, que es un placer de principio a fin. Una vez más, los burgueses habían ganado la batalla contra sus enemigos asimilando sin contemplaciones todas las armas con las que se les intentó destruir. Lo que una vez les escandalizó ahora era parte de su modo de vida, se había hecho convencional, aburrido y respetable. O sea, todo lo que los surrealistas odiaban. El escándalo moría fagocitado por su víctima. No es extraño que Breton llorara.

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Esta derrota por incorporación a filas del adversario se habría de repetir en años posteriores con otras amenazas anti-capitalistas como el movimiento hippie (hoy inspirador de la moda), los punks (hoy atracciones turísticas de Londres) o la guerrilla latinoamericana (hoy la foto del Che Guevara se estampa en camisetas de algodón cosidas por esclavos laborales del Tercer Mundo).

La sociedad de consumo sobrevive con este poderoso mecanismo de autodefensa: convertir a sus presuntos depredadores en una mercancía o, lo que es tal vez peor, asimilar sus provocaciones hasta hacerlas inofensivas.

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Este mes nos hemos enterado de la caída de otra gran leyenda del escándalo. La revista erótica Playboy ha anunciado su rendición definitiva. No publicará más desnudos femeninos. Y a nadie le ha importado lo más mínimo saberlo.

Si esta noticia se hubiera producido en los 60, los 70 o los 80 se podría haber interpretado que los sectores más reaccionarios de la sociedad habían ganado su guerra contra esa diabólica revista corruptora de las buenas maneras. O quizás la victoria se podría haber atribuido al movimiento feminista, en guerra permanente contra un producto que, a su modo de ver, apuntalaba el patriarcado más machista. Pero no ha sido en el siglo XX cuando Playboy ha dejado de publicar desnudos, sino en el XXI, en el que la gente se quita la ropa por doquier y con la excusa más inopinada. Ahora son las feministas las que se desnudan contra el machismo.

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Hoy hay desnudos en prime time todos los días; y, dicho sea de paso, no todos merecen ser considerados eróticos. Ya no hay nada rebelde o provocativo en enseñar el cuerpo. Desnudarse es casi de buena persona, incluso de ciudadano “concienciado” o “comprometido”. Hay modelos que se desnudan “contra el hambre en el mundo” y no lo hacen en broma; y lo de hacer un calendario con desnudos para recaudar fondos empieza a no ser ya ni noticiable.

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Hugh Heffner tiene ya más de ochenta años y ha vivido lo suficiente como para llorar las mismas lágrimas amargas que Breton. Cuando fundó su revista, en cuyo número uno apareció Marilyn Monroe en portada, se proponía escandalizar a izquierda y derecha con una revista para el hombre hedonista. Siempre rechazó que se le calificara como pornógrafo. Su nicho de mercado era el erotismo glamuroso y lo vendía con el eslogan “The girl next door” para diferenciarse de los editores que preferían las modelos recauchutadas con silicona.

Su tiempo ha terminado, y tal vez sea vícitima de su propio éxito porque si el desnudo se acepta ya en todas partes es en parte gracias a él y su negocio.

En un mundo en el que existe un programa como “Adan y Eva” (que ni siquiera tiene un buen rating) la famosa “vecina de al lado” es una fantasía de mojigatos.

Ahora Playboy, como todo tantos otros negocios, empieza una nueva etapa en la que publicará fotos de mujeres vestidas. Tal vez recupere así la senda del escándalo. ¡¡Mujeres vestidas!!

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