Va a ser que oxi

Va a ser que oxi

Si el rigor informativo y el servicio a la verdad vendieran más ejemplares, todos los periódicos se esforzarían por ser fieles a este código de comportamiento en su trabajo diario, no solo por razones deontológicas sino también económicas. El problema es que la demanda del producto prensa no funciona así; los factores que la estimulan son otros, y de eso somos tan responsables los lectores como los editores.

Cada vez es más cierto -porque cada vez es mayor el número de personas que lo hacen- que no leemos periódicos para informarnos o conocer la realidad tanto como para encontrar argumentos que refuercen una posición previa, cuando no un prejuicio. El lector está usando el periódico para encontrar argumentos que le ayuden a defender su posicionamiento ideológico y sus creencias, y vende más el que escribe con intención de satisfacer esta demanda que el que persigue la inalcanzable imparcialidad en la descripción de los hechos.

Es cierto que esto no es nuevo, pero la crisis lo ha exacerbado hasta extremos penosos. La prensa española, como la de todo el mundo, atraviesa una grave crisis en su modelo de negocio y prácticamente ninguna cabecera ha podido resistir la tentación de seguir el camino del sectarismo ideológico en mayor o menor medida. Estaba en juego su supervivencia. Podría haber intentado sobrevivir haciendo otro tipo de periodismo, pero una oferta tan debilitada por la caída de la inversión publicitaria y las ventas no puede crear su propia demanda; a lo que no ayuda en absoluto el ecosistema digital del todo gratis. Por el momento, y mientras no haya cambios sustanciales en el modelo de negocio, es la demanda la que crea la oferta. Y la demanda quiere espectáculo y argumentarios tanto o más que información objetiva.

La prensa deportiva enseñó el camino. Estos diarios venden cantidades envidiadas por la prensa generalista informando sobre fútbol de un modo absolutamente militante. Los diarios deportivos “son de un equipo” y ni se molestan en disimularlo. De ahí a ver un penalti en una falta cometida fuera del área hay una distancia peligrosamente corta, pero eso es lo que pide “el aficionado”, que le digan lo que quiere oír, aún a expensas del respeto a la verdad. Algunos cronistas deportivos asiduos de las tertulias de opinión son hinchas declarados cuya pasión les da tanto público como poca credibilidad; y si esto es lamentable para el deporte mucho más lo es cuando esta especie de hooligan es un opinante político.

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Ahora el Ayuntamiento de Madrid abre una página para dar su versión sobre noticias que considera tergiversadas en la prensa y por alguna razón quiere “aclarar” (irónicamente, muchas veces se trata de aclarar lo que ha dicho uno de sus bisoños concejales, pero esa es otra historia). Esta legítima iniciativa, bautizada con el desafortunado nombre de “versión original”, como si las otras versiones no fueran “originales” o lo fueran menos que la del Ayuntamiento, ha desatado un absurdo debate sobre los ataques del poder a la prensa libre que en buena medida prueba que había razones para abrir este sitio en la Red. Algunos líderes políticos -y no pocos periodistas de su misma ideología- han hablado de medidas orwellianas y amenazas totalitarias parecidas. Por lo visto el Ayuntamiento no puede dar su versión de los hechos porque eso es un ataque a la libertad de expresión, patrimonio exclusivo de la prensa. ¿Y por qué no puede hablar el Ayuntamiento? También el Real Madrid o el FC Barcelona pueden tener un sitio web oficial donde decir que la falta fue fuera del área. Otra cosa es la credibilidad que tenga esta afirmación, cuestión que resuelve únicamente el soberano lector, si es que eso le preocupa. Toda esta polémica ha surgido en los mismos días en que la Universidad de Oxford ha publicado un informe que concluye que la prensa española es la menos creíble de Europa.

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Las actitudes sectarias de los consumidores de información están creando el monstruo cuya voracidad luego lamentan. Tomemos por ejemplo el caso del rescate a Grecia, tan complejo y trascendental para la vida de tanta gente. Seamos sinceros al contestar a una pregunta: ¿En un contexto mediático como el español, donde se redactan las noticias con el sesgo necesario para crear opinión, es posible enterarse cabalmente de lo que está pasando en Grecia a través de la lectura de periódicos? Va a ser que oxi.

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