El mártir de la libertad de expresión

El mártir de la libertad de expresión

Al concejal Guillermo Zapata le gusta el humor negro. Hace cuatro años no era concejal y se daba permiso para hacer chistes en Twitter sobre muertos, mutilados o incinerados. Eran tiempos en los que podía mostrarse como realmente es. Hoy nunca lo haría porque como es concejal tiene que guardar las formas.

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El concejal Zapata tiene derecho a hacer chistes de humor negro, incluso si son malos. Es su libertad de expresión lo que le da ese derecho a ser mal educado y faltar el respeto a la gente. Sí, de acuerdo, esta libertad debería tener un límite, pero no es fácil consensuar dónde hay que fijarlo, y además es peligroso porque el poder puede ampararse en el concepto límite para callar con sus instrumentos coactivos a los críticos. Por otra parte, existen leyes que estipulan vagamente los delitos de ofensa. Al menos se intenta.

El humorista Zapata ahora ha llegado a concejal. Y además lo ha hecho prometiendo un cambio y gritando cosas como “¡no nos representan, que no!” en las plazas y calles de la cuidad. Se supone que Zapata quiere merecer el título de representante de la gente, que le griten «¡Sí nos representas, que sí!». Con sus tuits de humor negro no parece claro que fuera a conseguirlo, y por eso ya no los escribirá más. Ahora hay que disimular. Ya no es tan libre como antes para hacer exhibición de sus dotes de humorista, pero la cosa tiene otras compensaciones a las que no parece dispuesto a renunciar.

El humor es una señal de inteligencia. Cuando el chiste es bueno, claro. Los de Zapata son muy malos. Cuando los escribió, él seguramente pensaba que eran buenísimos y por eso los quiso compartir en el ágora virtual, donde cualquiera puede leerlos y reírle la gracia. Es extraño que no exista una palabra para referirse a la embriaguez acrítica que provoca tu propia idea. Siendo una dolencia tan frecuente en el mundo cultural, artístico, político y publicitario debería haber una manera de nombrarla. Si Zapata creía que sus ocurrencias eran dignas de difusión es porque padece este síndrome en grado agudo. Es un narcisista. Para hacer un chiste de humor negro en el que se va a ofender a alguien o herir su sensibilidad, conviene hacer antes un rápido ejercicio mental que calibre si vale la pena hacer ese daño. La pena del otro, claro. Mucho más inteligente es el que se ríe de sí mismo, pero eso no es humor negro. El humor negro consiste en reírse de las desgracias de los demás, pero a cambio recompensa con el placer de la risa. Lo malo de los chistes negros de Zapata es que no llegan ni a eso. Son malos en el doble sentido de la palabra.

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Durante un largo viaje en tren, Freud escribió un libro dedicado al análisis psicológico de los chistes. Empezó en la estación de salida y terminó en la de llegada. Solo un genio es capaz de semejante proeza. Entre otras cosas, Freud dice en este libro que los humanos nos reímos de lo que tememos, que el chiste es un antídoto contra el miedo, un desahogo de la tensión nerviosa producida por la anticipación de una fatalidad contingente. Todo lo que nos produce risa -el sexo, el poder, la religión, la diferencia- tiene un reverso que nos asusta, y su poder intimidatorio debe ser neutralizado. Por eso lo ridiculizamos con el chiste. Dime de qué te ríes y te diré a qué le tienes miedo.

El humor negro gestiona el temor a la muerte, el dolor o la humillación. Tiene por tanto una interesante y atractiva recompensa, pero a un precio moralmente discutible: reírse de aquellos que padecen lo que yo temo que me pase algún día. Con frecuencia, los chistes de humor negro señalan a colectivos que sufren. En su versión más miserable no menciona al colectivo (discapacitados, víctimas de accidente aéreo, del terrorismo, de discriminación, etcétera), sino que utiliza los nombres propios de las víctimas (Irene Villa, Marta del Castillo,…). Guillermo Zapata ha cruzado esta frontera en el ejercicio de sus derechos. Es un concejal que le debe tener mucho miedo a la muerte o al dolor. No debería dimitir por hacer chistes de mal gusto, pero tampoco creo que se merezca el título de mártir de la libertad de expresión. Sería una ofensa a los dibujantes de Charlie Hebdo, que dieron la vida por la causa y además eran mejores humoristas. A su lado lo de Zapata se queda en nada, ni siquiera ha entregado el acta de concejal. Su caso es tan insustancial como la calidad de su humor.

Por cierto, también dice Freud que el chiste de humor negro es un sustitutivo del impulso inconsciente de agresión física, cosa que, de ser cierta, no dice nada bueno sobre el concejal Zapata.

Nota: lo de que Freud escribió un libro en un viaje de tren me lo he inventado. Me pareció una buena idea.

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