La quedada de la muerte

La quedada de la muerte

Un cuchillo es tecnología. Puede servir para cortar el pan o para cortar la cabeza a un semejante en nombre de Dios. Se conocen muchos casos prácticos de ambos supuestos; aunque muchos más del primero que del segundo.

El uso homicida de esta tecnología suele ser noticia. En periodismo se dice que “perro muerde hombre” no es noticia, pero que “hombre muerde perro” sí. “Cuchillo corta pan” no es noticia pero “pan corta cuchillo” sí lo sería; y mientras eso no ocurra “cuchillo corta cabeza de ser humano en lugar de cortar pan” es una variante bastante noticiable, como sabemos muy bien todos los lectores y escritores de noticias. Los terroristas islámicos seguro que han tenido en cuenta este detalle escabroso y mediático a la hora de decidir como ejecutar a sus enemigos.

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También sabemos que cuando algo así se publica nadie cuestiona la existencia del cuchillo ni hace reflexiones sobre la necesidad de regularlo o vigilar policialmente a los propietarios de este objeto tecnológico. Las opiniones, reflexiones, artículos, debates y propuestas para que no vuelva a suceder casi siempre se concentran en las causas culturales, morales, políticas, psicológicas o sociológicas que empujaron al usuario del cuchillo a comportarse de esta manera tan inusitada. Quizás se da por hecho que hay tantos cuchillos formando parte de nuestra vida cotidiana que sería imposible intentar controlar su uso civilizado. Pero todo es ponerse.

Ahora, un hincha del Depor ha sido asesinado y se habla de si Whatsapp debe incluirse en ese grupo de tecnologías de uso controlado (en este caso, más bien, de uso vigilado). La idea forma parte del debate “que no vuelva a ocurrir”. Y todo porque se ha sabido que la reyerta matutina entre aficionados del Depor y el Atleti en la rivera del Manzanares se convocó a través de esta aplicación.

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Así son las paradojas de las nuevas tecnologías, que modernizan hasta los comportamientos más primitivos.

Los videos yihadistas se difunden por Internet y hay quien ha considerado que eso es razón suficiente para que el estado ejerza el ciber-espionaje en nombre de la “guerra contra el terrorismo”. Del cuchillo decapitador no se dice nada porque es tecnología incontrolable, pero con Internet no se pierde la esperanza.

Tampoco van a faltar oportunistas que aprovechen el desgraciado suceso futbolístico para alimentar el debate sobre la necesidad de limitar la libertad de uso del ciberespacio, y también la legitimidad del espionaje de sus usuarios. Y es probable que con la misma tranquilidad que hemos aceptado que haya cámaras en todas las calles de las ciudades aceptemos también que se nos escuche y se nos lea nuestro tráfico de información en la Red. En marketing empieza a llamarse Big Data, con poco disimulada reminiscencia al Big Brother de Orwell. 

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La idea de proteger al ciudadano de sí mismo mediante leyes abre muchas veces un peligroso camino hacia el totalitarismo. También en lo referente al uso de las nuevas tecnologías. Es inquietante que entre las disposiciones de la llamada Ley de Seguridad Ciudadana (rebautizada como Ley Mordaza porque todavía es posible rebautizar a una Ley) se incluya la prohibición de grabar a los antidisturbios en el uso de fuerza represiva contra manifestantes. Eso también es regulación del uso de nuevas tecnologías. Las calles llenas de cámaras y tú no puedes usar la de tu móvil en según qué casos.

Si cuando hablamos de que el Estado tiene el monopolio de la violencia también nos referimos a que tenga el control de la tecnología habremos dado un paso más hacia las distopías de Bradbury y Orwell. Venga, que ya falta menos.

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