Contra-cultura analógica

Contra-cultura analógica

Frèderic Beigbederg ha inventado otra forma de rebeldía: leer una revista de papel. Y lo ha hecho en el terreno donde parecía más imposible conseguirlo, el del erotismo. Quizás no sea correcto usar el verbo “leer” para referirse al éxito de la resucitada revista Lui en Francia, pero sea cual sea el uso que se le da a esta publicación no estaba previsto que se hiciera en tan elevada proporción.

Si hay algo en lo que Internet sea imperial es en el porno. Desconozco las cifras exactas sobre páginas y visitas diarias pero sí he oído hablar de la epidemia de adicción que está causando, satirizada por Tom Wolfe en su última novela “Bloody Miami”. Todo un síntoma de los estragos que puede causar la facilidad de acceso en la era moderna.

Aunque la cultura digital todavía está esperando a alguien que la defina -podría ser en una novela-crónica como las del maestro Wolfe, aunque algo tiene ya la última-, lo cierto es que ya se pueden dar por evidentes algunas de sus características. En el humus en el que ha fermentado esa cultura digital hay ingredientes como el todo-gratis, el todo-a-un-clic y el todo-anónimo. Solo con esas tres armas ya había arsenal suficiente para cambiar la pornografía para siempre. Basta recodar que en los años 60, que es cuando nació Lui, las principales barreras que tenía que superar su potencial consumidor eran encontrarla, pagar por ella y encima hacerlo a cara descubierta. Por no hablar de las motivaciones de compra o las necesidades que se pretendían satisfacer al adquirir este producto; sobre las que poco tiene que hacer Lui en competencia con el contenido gratuito que se puede encontrar en la Red.

Y sin embargo, desde que el autor de esa vengativa sátira del mundo publicitario que es la novela “13,99€” asumió la dirección de este producto editorial absolutamente desahuciado un buen número de franceses hace algo tan imprevisible como podría ser llamar desde una cabina telefónica, alquilar una película en un videoclub o comprar un billete de avión en una agencia de viajes: compra una revista pseudo-erótica en el quiosco, o incluso ¡se suscribe a ella!

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Sociólogos, analistas, intelectuales y expertos diversos todavía están buscando la explicación de este fenómeno, que muy probablemente no tenga que ver con la lógica de mercado sino con la psicología del rebelde; la misma que inspiró el romanticismo como replica al racionalismo dieciochesco o el rock and roll contra la vida burguesa en los 60. Lui ha vuelto, y su pervivencia es ahora mucho más escandalosa que cuando nació. No precisamente por su contenido erótico, sino por lo que antes se despreciaba de ella. La antigua revista Lui se compraba con la excusa de “leer sus artículos” -entre cuyos autores, dicho sea de paso, se encontraban firmas como la de François Truffaut-, mientras que hoy la excusa son los reportajes gráficos. Antes era una provocación mirar las fotos de una chica desnuda, hoy es una provocación leer un artículo en papel. Además, la rebeldía se ha hecho unisex: una buena parte de los contenidos de la moderna Lui se orientan descaradamente a temas de interés para las mujeres, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que el 90% de la redacción es femenina.

http://www.luimagazine.fr

La cultura digital es invasiva, omnipresente, arrogante y discriminatoria, y hace tiempo que se está ganando a pulso un movimiento contracultural. Ya tuvimos alguna señal cuando conocimos los datos sobre el aumento de ventas de discos de vinilo y ahora tenemos otro más con la última extravagancia de Beigbeder. Que haya sido un expublicitario quien lo haya anticipado no deja de ser un dato relevante, como tampoco lo es que la industria musical y el porno hayan sido dos de las más castigadas por la era digital. En ellas nació la cultura digital, y también ahora su contestación.

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