"Todos los hombres del presidente", un recuerdo

“Todos los hombres del presidente”, un recuerdo

Cuentan las crónicas -y los tuits de los testigos- que Jeff Bezos llegó a la redacción de su recién adquirido periódico como un Mesías, pero sin “tablas de la ley”. Sucedió el pasado mes de Agosto, cuando después de comprar el Washington Post por 187 millones de euros (así de barata puede ser una leyenda de valor incalculable) el dueño de Amazon hacía su primer viaje de Seattle a Washington para conocer su nueva empresa por dentro y hablar con los trabajadores.

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Paradojas de la vida: El mismo empresario que ha revolucionado la industria del libro con innovaciones comerciales que han provocado el cierre de cientos de librerías y editoriales dependientes del soporte papel compraba ahora un producto que debe toda su credibilidad y prestigio a la época en que vivía únicamente del papel.

Pero no hubo duelo. Ningún periodista de la vieja escuela se indignó ni tuvo ataques de orgullo. La situación era demasiado grave como para permitirse ese lujo. Incluso Bob Woodward, encarnación de una era del periodismo a la que probablemente se estaba desahuciando definitivamente con esta noticia, dijo que aquello era triste pero que “estamos en el juego de la supervivencia” y por tanto no tenía por qué ser un bajonazo

De modo que aquello no era el “Bezos de Judas” sino un rayo de esperanza que podía iluminar el oscuro futuro de la prensa. Todos los periodistas del mundo, y sobre todo los del WaPo, celebraron la noticia. Se entendía que Bezos era un hombre de su tiempo y aportaría ideas para salvar al periódico. Ideas que luego serían adoptadas por los miles de periódicos y revistas que buscan desesperadamente un nuevo modelo de negocio para sobrevivir en un contexto tecnológico en el que cobrar por los contenidos se está haciendo casi imposible y la inversión publicitaria no crece lo suficiente como para mantener las mínimas infraestructuras necesarias para hacer un producto de calidad, incluido el periodismo de investigación que ha hecho famoso al WaPo. Pero el Mesías no trajo las tablas de la nueva ley, al menos en aquella primera visita. En una entrevista “exclusiva” concedida a su periódico, Bezos declaraba no tener una varita mágica que solucione los problemas de golpe, aunque adelantaba algunas ideas sobre la manera en que se propone abordarlos.

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La entrevista “exclusiva” -que la mayoría no hemos leído en el WaPo sino en otros sitios de la red, lo cual ya dice algo- incluía el acertado diagnóstico de Bezos sobre la enfermedad de la prensa: “hoy cualquier página web puede resumir tu trabajo periodístico y hacer que esté disponible de manera gratuita. El lector se preguntará ¿por qué pagar por todo ese esfuerzo periodístico si puedo conseguirlo gratis en otro sitio?”.

Y  lo dice quien acaba de comprar la cabecera que tiene en su historial el mérito de haber publicado algunos de los reportajes de investigación más famosos de la historia del periodismo; uno de los cuales hizo caer al presidente de los Estados Unidos. Todavía está por ver si un bloguero o periodista ciudadano es capaz de algo parecido. Atrás quedan los tiempos de Bernstein y Woodward, bienvenidos sean los de Julian Assange. No está claro si salimos ganando. Buen momento para revisar la película “Todos los hombres del presidente”, testimonio cinematográfico de un tiempo en el que, en aras del servicio a la verdad, un periódico serio no publicaba noticias que no tuvieran contrastada su fuente.

Ben Bradlee, director del WaPo durante el escándalo Watergate  (personaje interpretado por Jason Robards en la película) no quiso publicar la noticia hasta estar seguro de que el periódico decía la verdad. Estaba en juego la credibilidad del medio que dirigía ¿Cuántos blogueros o periodistas ciudadanos son capaces de algo parecido? para responder a esta pregunta hay que preguntarse antes para qué sirve la credibilidad hoy en día en que se consume gratis y a discreción una avalancha de noticias que no proceden del negocio de la información (o sea, la antigua prensa) sino de otros experimentos informativos en los que la verdad no es tan imprescindible para conseguir la audiencia. Volvamos a ver la película, puede que sirva para recordar que antes se defendía la libertad de expresión usándola con responsabilidad.

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