Las marcas también son mortales

Las marcas también son mortales

El año pasado (2012) se celebró el 30 aniversario del estreno de Blade Runner, película de ciencia ficción dirigida por Ridley Scott de la que ya es difícil decir algo nuevo. Esta historia futurista transcurre en el entonces relativamente lejano 2019, en una ciudad de Los Ángeles mestiza, sucia, oscura, superpoblada y mojada por una lluvia permanente.

Con Blade Runner pasa algo que no suele ser frecuente en las películas de su género, tan propensas a envejecer hasta el ridículo. Su estética oprimente no ha perdido vigencia; no solo eso, sino que en muchos aspectos visuales ha inspirado el futuro que tenía por delante y hoy es nuestro presente. No le queda grande el título de obra maestra y seminal.

En la magnífica escena de apertura, que rinde cualquier resistencia inicial del espectador y lo sumerge en esa atmósfera onírica que dominará todo el resto de la película, sobrevolamos lentamente la ciudad de Los Ángeles mecidos por la extraordinaria música de Vangelis.

Se ha hablado mucho sobre los enormes anuncios de publicidad que vemos aparecer en vallas digitales móviles durante este sedante vuelo. Algunos incautos pensaron que se trataba de product placement y lo sumaron a las muchas críticas que recibió la película en su estreno. Se les escapaba el mensaje. En esta distopía el poder que rige los destinos humanos no está encarnado por un Estado totalitario, como ocurría en 1984 o en Farenheit 451, sino por las corporaciones que dominan el mundo. Premonitoria visión. Si el lector mira hoy a su alrededor, puede que no vea el rostro del Gran Hermano, pero seguro que verá algo parecido al paisaje urbano de Blade Runner, sobre todo si lo hace en un día de lluvia. Han pasado 30 años. Quedan pocos para 2019, y hoy son más omnipotentes y omnipresentes las multinacionales que los caudillos.

Dejando esto aparte, lo interesante de este viaje inicial de la película es que muchas de las marcas que aparecen anunciadas en este futuro ultracapitalista ya no existen. Junto a Coca Cola o Budweisser, que todavía están entre nosotros pasada la frontera del milenio, vemos enormes y luminosos logos de marcas que los nuevos espectadores de la película tal vez ni imaginen que un día existieron, y mucho menos qué producto representaban, como TDK o Atari.

Han muerto, como mueren los replicantes y morimos todos.

Quizás sea solo una anécdota, pero teniendo en cuenta que el tema principal de la película es la muerte, y más concretamente su carácter inevitable, nos puede servir para imaginar un cementerio de marcas que un día se creyeron inmortales y hoy están a punto desaparecer o se han perdido definitivamente en la noche de los tiempos, como lágrimas en la lluvia. No sería extraño que una de esas lágrimas sea pronto Nokia, un día primer fabricante de teléfonos móviles y ahora recién vendida a Microsoft; o tal vez Kodak, hoy amenazada letalmente por la obsolescencia tecnológica a pesar de que su logo forma parte de nuestra memoria emocional porque lo que vendía era precisamente la conservación de la memoria, esa imposible permanencia del instante por la que tanto daríamos y hemos dado.

Consultar la lista de marcas que van a desaparecer que publica cada año 24/7 Wallst es un ejercicio de masoquismo que asusta y envejece al lector a partes iguales. En la de este año aparecen nombres que han formado parte de nuestra vida, como la mencionada Nokia, Avon, Suzuki o American Airlines.

http://247wallst.com/special-report/2013/05/23/ten-brands-that-will-disappear-in-2014/

¿Disparatado? Tal vez, pero la lista del año pasado acertó con la desaparición de T-Mobile, Sony Ericsson y Myspace, y en el anterior con la de Blockbuster.

Después de todo, una de las razones por las que amamos Blade Runner es su poética manera de recordarnos una verdad inexorable: que la inmortalidad no existe, ni siquiera para las marcas.

 

 

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