El alto precio de lo gratis

El alto precio de lo gratis

Acostumbrados a utilizar servicios aparentemente gratuitos en la red en sustitución de otros de pago, o a descargar productos que en la era analógica sólo podían consumirse al coste de su precio, hay quien se ha creído que gracias a las nuevas tecnologías viviremos en el paraíso utópico del “Todo gratis”. Algunos llegan a decir arcangélicamente que la gratuidad de servicios y producto es una manifestación más del “nuevo poder ciudadano”, y no se sabe si lo mejor que se puede hacer por ellos es mantenerles en el limbo de su ingenuidad o intentar abrirles los ojos a la realidad con explicaciones razonables. Porque hay verdades incómodas.

El caso Snowden ha revelado algunas de estas verdades incómodas. Muchas de las empresas señaladas ahora como cooperantes con las redes espionaje son precisamente, y no por casualidad, esas cuyos servicios usamos a diario gratuitamente. Como dice un buen amigo: cuando algo es gratis, es que nosotros no somos el consumidor, sino el producto.

Buen momento para recordar que la llamada “cultura del todo gratis” tendrá también un alto coste para todos los que creen que es un privilegio inocuo, democrático e igualitario y se oponen a todo tipo de regulación contra la piratería y el robo de propiedad intelectual.

Les parecerá que de este modo defienden a una sociedad que, agobiada en su mayoría por una caída de su poder adquisitivo, ya solo puede acceder a la cultura por esta vía, pero para ello tendrán que ignorar que hay organizaciones mucho más sospechosas que la tantas veces denigrada industria musical, audiovisual o editorial a las que la desaparición de la cultura les está viniendo muy bien. Que no se pague en moneda por el consumo de lo gratis no significa que ese consumo no nos esté costando nada. Cada vez que cierra un cine, o un periódico o una librería todos nos hacemos más pobres en derechos y libertades.

Se argumenta que el paraíso de la gratuidad es posible gracias a que los negocios online están basados en los ingresos publicitarios; por ejemplo, cuando se dice que dejar de comprar el periódico de papel para leerlo gratis en la red no acabará con la prensa sino que simplemente cambiará su modelo de negocio. Hermoso pronóstico que todavía está por confirmarse; sobre todo a la vista de los problemas económicos que está pasando la industria periodística por la caída de los ingresos publicitarios y de ventas, no suficientemente compensada en ingresos por publicidad online. Todos sabemos que la inversión en Internet y nuevas tecnologías es la única que crece en el mercado publicitario. No obstante, esgrimir el crecimiento de la inversión online como prueba de que los ingresos de la prensa no disminuyen sino que vendrán por otro sitio es todavía falaz. Una parte muy elevada de esa inversión –y la que más crece- no sirve para sostener medios digitales. Es publicidad, pero no es sustento para los negocios de la información y el entretenimiento online. Recientemente se ha sabido que Procter&Gamble invierte ya el 35% de su presupuesto de marketing norteamericano en el área digital, pero según afirma la propia compañía, de esos 1.700 millones de dólares solo un 30% es para la compra de formatos publicitarios de medios online.

La verdad es que la prensa, igual que la industria musical o cinematográfica, no está aguantando la tormenta. Última noticia-hito al respecto: la venta del Washington Post al magnate de Internet Jeff Bezos. Para unos, una señal esperanzadora; para otros, un síntoma más de una enfermedad letal.

Esperamos con la respiración contenida a ver qué hará el dueño de Amazon con una de las cabeceras más legendarias de la historia del periodismo, vendida lastimosamente por mucho menos de su valor… como dijo Machado: solo un necio confunde valor y precio.

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