Mirarse en un espejo negro

Como me dispongo a hablar del argumento de la serie Black Mirror, – y probablemente revelaré algunas de las sorpresas de la trama-, hay quien no me perdonaría que no le haya advertido de mis “destripantes” intenciones. Tampoco es esta la crítica de un producto de entretenimiento sino una reflexión sobre los temas propuestos en estos seis capítulos repartidos en dos temporadas de tres cada una.

“Black mirror”, más que una serie, es casi un ensayo filosófico en formato de ficción como podrían haberlo sido en su tiempo los cuentos de Ray Bradbury.

Los capítulos no tienen continuidad entre sí. Cada uno de ellos es una pieza aislada que empieza y termina en cincuenta minutos, pero todos ellos tienen algo en común; entre otras cosas el desasosiego con el que dejan al espectador. Su creador, Charlie Brooker, los ha definido como retratos de la “tecno-paranoia”. A grandes rasgos podría decirse que es una serie sobre los desafíos morales, éticos, psicológicos y políticos que se derivan de nuestra adaptación a un nuevo ecosistema tecnológico. Tiene algo de ciencia ficción, pero todos reconocemos en seguida ese medio ambiente ultra-conectado y diseñado aparentemente para hacer la vida más feliz a sus habitantes. Las máquinas que manejan los protagonistas de estas historias son las mismas que usamos a diario nosotros los espectadores: teléfonos móviles, ordenadores, televisores, juegos de realidad virtual, gadgets, etcétera; y las experiencias que les proporcionan son también las que nosotros buscamos en esta rutina: evasión, entretenimiento, morbo, placer sensorial o satisfacción de deseos egocéntricos. Nada nos es ajeno, y tenemos la impresión de que lo que pasa en cualquier capítulo nos podría pasar a nosotros fácilmente y dentro de muy poco tiempo.

La serie nos recuerda la indulgencia con la que aceptamos aberraciones morales gracias a la distancia que proporciona la contradictoria “presencia virtual”, o nos ridiculiza esa atracción tan desmedida por el espectáculo que anula completamente nuestra capacidad de compasión por un semejante al que se está humillando o torturando delante de nuestros ojos ávidos de diversión.

Hay episodios en los que conceptos que deberían ser pilares fundamentales del sistema de convivencia como la política o la justicia quedan reducidos a espectáculos grotescos de celebración popular que encima encumbran socialmente a sus artífices. En uno de los capítulos de la segunda temporada los castigos impuestos por la justicia no son medidas de rehabilitación del preso sino que se administran en un parque de atracciones para deleite de sus visitantes. En otro de la primera temporada, lo que parecía un sacrificio heroico de la propia dignidad realizado por un político para salvar una vida, acaba convertido en la mejor campaña electoral cuando los morbosos espectadores que disfrutaron de aquel espectáculo degradante tienen que ejercer su condición de votantes.

Otro jardín privado de la condición humana profanado sin contemplaciones por el intrusismo tecnológico es el de los sentimientos. En “Black mirror” vemos máquinas que modifican nuestra manera de sentir hasta el extremo de que después de usarlas no sabremos ya lo que sentimos ni si se trata de sentimientos verdaderos o falsos, como le ocurre a la mujer enamorada, o no, de un avatar de su fallecido novio.

Por desgracia, ahora manejamos más tecnología, pero la tecnología también nos maneja a nosotros; o mejor dicho, nos moldea. Ya no pensamos igual, ni sentimos igual, ni probablemente somos los mismos. Somos el instrumento de nuestros instrumentos.

Hay autores como Nicholas Carr -en su también muy recomendable libro “Superficiales”- que han avisado ya de cómo está cambiando nuestro cerebro en la nueva era de la telemática. “Black mirror” es el espejo que nos devuelve la imagen de quiénes somos desde que nos hemos entregado al uso adictivo de las nuevas tecnologías; una imagen que puede ser perturbadora e inquietante.

Javier San Román
Editor Grupo Control
@JavierSRmn

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